La partida

No tenía demasiado sentido que siguiera pensando, ella no iba a volver, se lo había dejado claramente expresado en la nota que encontró sobre la mesa de la cocina.
Meses y meses de pedirle por favor que hablaran, que la escuchara, que entendiera sus razones y nunca tomó en serio sus palabras ni sus advertencias. Ahora ella ya no estaba, hacía escasas horas que había abandonado la casa y su partida había sido tan contundente que ni siquiera quedaba el aroma de su perfume entre las sábanas.
No estaban los discos ni las fotos, faltaban dos maletas donde seguramente había doblado prolijamente toda su ropa y acomodado sus queridos libros de siempre.
Miró por encima de su hombro y notó que tampoco estaba la caja de cedro que había sobre la mesa del living ni su copa preferida.
Lentamente bajó las cortinas de toda la casa, dejó que las luces tenues iluminaran el ambiente, abrió una botella de vino, se sentó en el sillón de tres cuerpos que alguna vez compraron juntos y mientras un sabor salado cubría sus labios comprendió que bebería sangre y vino hasta morir.

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