Decían en el pueblo que si en la bahía se cantaba a viva voz al atardecer, el viento hacía los coros y si el silencio del lugar se volvía abrumador se escuchaban viejas y melancólicas canciones cantadas por antiguos habitantes del pueblo.
Julio había nacido allí y conocía todas las historias que contaban sobre el mar y la famosa bahía del viento. En ese mismo lugar había conocido a la mujer que fué su novia por espacio de dos años y con la que se casó para separarse tres años después. No tuvieron hijos asi que el proceso de separación no fué tan doloroso pero los primeros meses de soledad se le hicieron eternos.
Se levantaba al alba, trabajaba sin descanso hasta que caía el sol y antes de regresar a su casa pasaba por la bahía, se sentaba de espaldas al pueblo y cantaba siempre la misma canción, como si esa letanía lo ayudara a curar las heridas más rápido.
Una de esas tantas tardes al llegar al lugar comprobó que no estaba solo. A lo lejos divisó una figura sentada sobre la arena, abrazada a sus rodillas, meciéndose suavemente al compás de un ritmo misterioso que Julio no podía escuchar.
Como no tenía ganas de compartir su momento de intimidad con nadie hizo caso omiso de lo que había visto y sentado en el lugar de siempre se puso a cantar.
El viento no tardó en hacerse escuchar y Julio alcanzó a percibir una voz femenina que entonaba la misma canción que él. La sincronización de las voces era perfecta y su asombro crecía a cada segundo pero no podía (ni quería) moverse para que no se rompiera la magia del momento.
Cuando la canción llegó a su fin Julio se paró buscando a la mujer con la mirada pero no la encontró.
La escena se repitió durante semanas. Ël llegaba, la veía a lo lejos, se sentaba a cantar, el viento le traía su voz y cuando la canción llegaba a su fin ella ya no estaba.
Una tarde, rompiendo todas las reglas, al llegar a la bahía fué directamente hacia donde estaba la figura femenina y notó con asombro que cuanto más caminaba, la distancia que lo separaba de la mujer se hacía más grande, era como si la extensión de arena bajo sus pies se prolongara separándolos sin que él pudiera hacer nada para modificarlo.
Cansado de caminar sin llegar hasta ella regresó a su rincón a cantar y una vez más la suave voz lo acompañó para desaparecer al terminar.
Por primera vez después de muchos meses Julio se sintió triste por aquél episodio y decidió no ir a cantar al día siguiente, ni a la otra semana, ni al otro mes. La única explicación que se daba a sí mismo era que no quería pasar por el desencuentro porque la misteriosa mujer lo había cautivado y si no podía tenerla prefería no verla.
Cuando la pena se había convertido en una pesada carga para sus espaldas regresó a la bahía y la vió, lejana, linda y con el cabello suelto, como siempre.
Ni siquiera intentó acercarse para no perderla asi que se sentó, comenzó a cantar y su corazón dió un vuelco cuando sintió que ella lo seguía pero esta vez sentía su voz cada vez más cerca, como si el viento se hubiera abocado a rozar sus mejillas con cada estrofa.
Cerró los ojos, siguió cantando hasta que sintió que lo abrazaban y se dejó llevar sin preguntas.
Aún hoy, cada vez que cae el sol y Alma va a la bahía, ve a lo lejos la figura inalcanzable de Julio que la espera para empezar a cantar.