La gente del pueblo cuenta que detrás de esta puerta vivía un hombre muy especial.
Poco se sabía de él pero quienes lo habían cruzado en alguna ocasión por la ciudad aseguraban que era educado, caballero, gentil y amable.
Despertaba curiosidad su estilo de vida, nadie sabía a ciencia cierta a qué se dedicaba, cuál era su profesión o de dónde venía, solamente tenían en claro que vivía solo y se llevaba muy bien con todos los niños de la zona.
Camino a la escuela pasaban por allí y siempre los esperaba con caramelos y pastelitos tibios. Cuando regresaban a sus casas y lo veían en la puerta se sentaban en las piedras de la entrada y les contaba historias de seres mágicos hasta que caía el sol.
Después de mucho tiempo de vivir en aquella comunidad uno de los niños se animó a preguntarle cómo se llamaba y cuál era su trabajo. Al escuchar aquella pregunta lo sentó sobre sus rodillas y le dijo: «Me llamo Croix y soy un vendedor de ternura».
Poco a poco la noticia fué extendiéndose por todo el pueblo hasta que llegó a oídos de Mariè, una campesina que pasaba sus días cosiendo abrigos de melancolía para los enamorados no correspondidos del lugar.
Una tarde le encargaron un abrigo especial: además de melancolía tenía que tener ternura, algo de lo que ella carecía asi que, respirando hondo, se dirigió hacia la casa de Croix.
Al llegar hasta su puerta sintió que le temblaba el corazón y dudó en golpear las manos y seguir adelante con la tarea pero no podía fallarle a su cliente asi que se quedó parada esperando que alguien respondiera su llamado.
Cuando pensó que no había nadie lo vió caminar hacia ella y algo en su manera de andar la sedujo irremediablemente y por un instante olvidó para qué había ido hasta allí. Como pudo le explicó el motivo de su visita y sin más dilación Croix la hizo pasar y le vendió la cantidad de ternura que Mariè necesitaba para confeccionar el abrigo. Cuando lo terminó se dió cuenta que le había sobrado mucha y que bien podía coser uno para ella asi que puso manos a la obra, en dos días lo tuvo listo y comenzó a usarlo noche y día, notando que cada vez que lo usaba pensaba en él.
Una noche estrellada salió a buscarlo, sentía la imperiosa necesidad de verlo y no sabía bien por qué. Apenas había recorrido unos metros cuando una vez más lo vió venir hacia ella y su corazón se desbocó. Al quedar ambos frente a frente se saludaron y Croix, con los ojos brillando en la oscuridad, le dijo: «Te vendí toda mi ternura a cambio de tu melancolía. Necesito tu abrigo para poder seguir».
Cuentan unos pequeños que a la mañana siguiente, cuando iban a la escuela, los vieron irse del pueblo abrazados, Croix vistiendo el abrigo de Marié y ella sonriendo sin una sola pizca de melancolía en su mirada.