Hace un rato tuve que llevar unos papeles a una persona que vive a pocas cuadras de mi casa y mientras esperaba que bajara a abrirme la puerta del edificio se acercó a mí una señora que quería saber cómo podía hacer para tocar el timbre del primer piso para que bajaran a buscar algo que ella traía dentro de un paquete de yerba.
Era una señora muy mayor, su cabello estaba recogido hacia atrás, tenia una pollera azul y un cardigan de lana gastadísimo color ciruela.
Mirarla a la cara era como estar frente a uno de esos mapas geográficos que nos hacían comprar en el cole. Cada arruga era profunda y de un tenue color marrón como las montañas, los ojos eran enormes y verdes, como los lagos pequeñitos que nos hacían memorizar en cada clase, su pelo canoso era como los picos nevados de nombres difíciles y tenía una sonrisa enorme, como los oceános misteriosos que ocupaban la mayor parte del mapa.
Me explicó que no sabía «usar estos aparatos (portero eléctrico) porque yo en mi casa no tengo nada de eso, entiende señorita?».
Le pregunté si no tenía frío, porque no se le veía nada abrigado debajo del cardigan.
«No Niña, si tengo dos pulloveres! Lo que pasa es que yo en mi casa estoy calentita y de última, si tengo frío, me meto en la cama y me tapo hasta la nariz pero no puedo salir muy abrigada porque sino los cambios de temperatura me van a hacer mal. Es que yo tengo 87 años, sabe? y a esta edad hay que cuidarse».
Mientras me perdía en la ternura infinita de sus ojos verdes y la vocecita cascada que me contaba en un segundo una vida, bajaron a abrirle.
«Doña Dominga, qué dice?».
«Acá estoy, no sabía cómo llamarte pero esta chica me ayudó a tocarte el timbre. Acá te dejo lo que te preparé, tené cuidado cuando lo llevas porque si lo ponés de costado se puede volcar el aceite y si no te gusta como quedó lo tirás y listo».
«Pero Dominga, qué dice? Si el otro día nos comimos todo enseguida, estaba riquísimo».
«Bueno, bueno nena, mejor, mejor y ahora te dejo, eh?».
Saludó a la mujer con la que hablaba y mientras bajaba de a uno los escaloncitos del frente del edificio volvió a agradecer mi ayuda y cruzó lentamente la calle hasta perderse en una puerta de madera en la vereda de enfrente.
Y Dominga me dejó sentada en el porche del edificio mirándola partir, sintiendo que se iba una de esas personas que se recuerdan como entrañables, de las que preparan las comidas caseras más ricas del barrio, que tienen las manos tibias y no se abrigan demasiado porque a cierta edad con acostarse en la cama y taparse hasta la nariz es suficiente hasta para calmar las penas más hondas del alma.