Buenos Aires, 28 de Abril de 2005
Señor:
Verá Ud, tal vez el envío de esta carta le parezca atrevido de mi parte pero no encuentro otra forma de hacerle saber lo que me sucede. Vivo cerca de su casa y puedo verlo partir y regresar todos los días a la misma hora algo cansado, con un andar pausado y reflexivo, a veces con un cierto aire de melancolía en su rostro, como si añorara algo que quiere y no puede vivir.
Nos hemos cruzado en un par de ocasiones pero nunca me ha mirado y yo he contenido el aliento esperando que asi fuera pero no ha dado resultado y no me lamento, al contrario, es señal de que no soy obvia y eso me permite continuar admirándolo desde lejos pero a la vez muy cerquita suyo.
A veces, por las mañanas, cuando no logro verlo partir hacia su trabajo lo imagino con su traje oscuro subiendo al coche, con cara de sueño y alguna gotita de agua deslizándose por su mejilla izquierda porque se afeitó con los minutos contados y la toalla que debía secar su rostro había quedado húmeda en un rincón.
Y hasta mi ventana llega el aroma fresco de su desodorante mezclado con las tostadas que quedaron solitarias al lado de la taza de café.
Los fines de semana, cuando sale al jardín a fumar un cigarrillo, mi mano se apoya en la ventana e imita una caricia para su cara y a veces hasta he ensayado un abrazo esperando que llegara a su lado pero a los pocos minutos lo veo girar sobre sus talones e irse y no alcanzo a saber si lo recibió o no.
Señor, ahora Ud ya sabe quien soy. Si por las mañanas sale y dirige la vista hacia su izquierda tal vez vea mi sombra recortada contra la ventana despidiéndolo en silencio y conteniendo mi corazón para que no salga corriendo detrás del suyo y le diga que hasta que no regrese lo voy a extrañar.