Es atravesar mi pecho y tomar el corazón entre las manos.
Sentir que late mucho más rápido si te nombro y se adormece con la distancia.
Saber que mis cuerdas vocales se deshacen inexorablemente si no hablo de vos.
Dejan de fluir las lágrimas por emoción y mi visión se nubla.
Las paredes se achican, me aplastan, el aire se envicia y se vuelve mercurio.
El nombre que me pusiste descansa inquieto en un rincón y reclama tu presencia.
No hay azules ni tormentas especiales, todos los días se convierten en el último que me dijiste «Yo te amo más, mucho más» y mi aliento queda suspendido de tus acentos.
Y sin embargo no puedo dejar de pensar que cada vez falta menos, aunque mi esperanza no tenga una consecuencia inmediata.