Voy a buscar un reloj que me sirva, que no se empeñe en funcionar solo sino que se deje manejar por mí y me permita colocar las agujas donde yo quiera.
Le explicaré que es una cuestión de vida o muerte y que a partir de ese momento tendrá que retroceder hasta donde le indique pero sin preguntas ni cuestionamientos.
Cuando las agujas marquen el momento indicado saldré corriendo a buscarte, tropezaré con la gente por la calle y seguramente olvidaré pedirles disculpas, cruzaré los semáforos en rojo, no respetaré ninguna señal de tránsito, tocaré todos los timbres de casas y edificios a cualquier hora hasta que me digan dónde estás y si nadie responde iré a los aeropuertos.
Ningún avión saldría del país hacia lejanas misiones sin que pudiera revisarlo aunque los pasajeros me odiaran y muchos de ellos llegaran tarde a sus citas en otros destinos.
Si ese reloj existiera pondría de cabeza al mundo y lo sacudiría como si estuviera buscando una moneda en un rincón escondido de aquel bolsillo olvidado.
No escucharía ni una sola voz que intentara disuadirme de la tarea por más que proveniera de personas queridas llenas de buenas intenciones. Todo sería en vano salvo buscarte hasta encontrarte y cuando lo hubiera logrado te abrazaría, besaría, cuidaría y llevaría conmigo a esa cabaña en el Sur para quedarnos juntos allí…. cinco minutos o cincuenta años (toda la vida).