El timbre no dejó de sonar hasta que lo despertó, eran las tres de la tarde y estaba cansado pero ante la urgencia no le quedó más remedio que levantarse y recorrer el trayecto que separaba su comfortable cama de la puerta de entrada. Al llegar se encontró con el cadete de un correo privado que le quería dejar un paquete a su nombre. Corroboró que no hubiera ningún error y aceptó la entrega. La curiosidad lo estaba matando, quién podía haberle mandado algo justamente a él y por esa vía?
Se desplomó en el sillón del living y abrió el paquete. Dentro de él había una delicada caja de madera clara, con algunos lazos negros en su base, inscripciones en japonés al frente y un sobre mediano de papel reciclado con su nombre.
No reconoció la letra pero procedió a abrirlo inmediatamente y cuando lo hizo leyó lo siguiente:
«Seguramente estarás sorprendido y motivos no te faltan. Esta caja que hoy llega a tus manos tiene la colección de suspiros de una mujer que alguna vez te hizo reír. Ella quiere que los conozcas, los cuides y los guardes. Cada ideograma corresponde a un suspiro diferente cuyo significado está labrado detrás del mismo. Hay uno solo que no dice nada y ella confía en que sabrás descifrar su significado»
Así fué como aquel hombre, completamente asombrado, tiró suavemente de los lazos negros, abrió la caja, comenzó a sacar uno a uno los símbolos y a leer el reverso, donde de manera sintética aparecía la historia del suspiro elegido.
Estaban los de su infancia, cuando le ponían el vestidito celeste lleno de moños que le picaban en todo el cuerpo y suspiraba deseando ser la chica de enfrente que patinaba libre por la vereda.
También aparecían los suspiros que dejaba escapar cuando su mamá le desenredaba el pelo y le pedía que no gritara porque sino la llevaba a la peluquería y se terminaba el calvario de todas las mañanas.
Luego encontró los de la adolescencia, cuando llegaban los fines de semana y en lugar de salir con gente de su edad se quedaba leyendo en su casa y mirando por la ventana al chico de ojos grises que le quitaba el sueño y vivía justo frente a su edificio.
Casi se le cae de las manos el suspiro de placer que emitió cuando le dieron aquel beso interminable a los 23 años, en el jardín de la casa de su hermana, bajo una luna radiante de Febrero.
Se detuvo en los suspiros del año 91 al 94 y no quiso escuchar los de los años siguientes porque sintió que estaban cargados de añoranza.
Los de 1999 ni siquiera los rozó porque le supieron a llanto amargo apenas sus pupilas los localizaron en la cajita.
Se enterneció con el de Junio del año 2000 y siguió de largo hasta el gran suspiro de Octubre del año 2002. No fué necesario leer la información detrás del ideograma, todo en aquella pequeña pieza le decía claramente de qué se trataba.
Mágicamente la cajita parecía no poder dejar de escapar un suspiro tras otro como si no tuviera fin y se hubiera vuelto inagotable pero a medida que cambiaban los días algunos perdían fuerza y se diluían con el viento.
De pronto su mano encontró uno con fecha Abril del 2005 y lo retuvo entre sus dedos durante un tiempo que no pudo precisar pero fueron varias horas porque cuando miró hacia la ventana era de noche. Lo observó desde todos los ángulos posibles pero no encontró fecha ni explicación alguna. Perdido como estaba en sus pensamientos no se dió cuenta que había comenzado a caminar hacia la entrada de su casa con el ideograma en la mano, había abierto la puerta y mientras sus ojos trataban de acostumbrarse a la imagen morena que lo miraba y suspiraba, había comenzado a reír.