Don Joaquín quería olvidar, ella solamente dejar de sentir y para eso sabía que tendría que arrancarse el corazón de cuajo.
Estuvo varios días meditando la decisión y mientras lo hacía lo acariciaba y reconfortaba en forma inconciente como pidiéndole disculpas por lo que pensaba hacer en algún momento.
Su corazón reaccionaba latiendo más rápido que de costumbre como si presintiera su final y para evitarlo le enviaba señales indicándole que estaba más vivo que nunca pero ella las malinterpretaba, pensaba que eran malos presagios.
El pobre corazón no sabía que hacer y había decidido transformar sus latidos en recuerdos pero la táctica tampoco funcionaba, siempre era más de lo mismo.
A veces pasaba días enteros con sus rodillas contra el pecho, como intentando protegerlo de su propia crueldad o sino dejaba que su mano derecha se posara sobre él y permaneciera allí hasta que la sangre no circulaba más mientras se dormía con la ilusión de amanecer sin sentir que seguía vivo y recordando.
Una noche de tormenta no lo pensó más y dejó que las cosas sucedieran en forma casi natural. Salió de su casa, comenzó a caminar sin rumbo y al llegar a un claro se tendíó sobre la tierra, recordó al inigualable Julio y cerró los ojos mientras un brillante y certero rayo llevaba a cabo la misión que aquella mano, enamorada perdidamente del corazón, no pudo concretar.
